viernes, 29 de agosto de 2014

Cuidar los Cuidados.

Cuidar el patrimonio cultural de Chile, 
no significa sólo cuidar los objetos y edificios, 
las fiestas y los ritos, 
sino cuidar que sigamos cuidando lo que hacemos, 
con los mismos cuidados.

Pienso que la cultura es la manera humana 
de apropiarse de las cosas por su comprensión.

Pienso que el patrimonio es ancho y diverso, 
y tal vez pertenece a quienes lo cuidamos.
Y que quizá sólo la megalomanía o la codicia nos llevan a veces 
a tratar de poseer demasiadas cosas, o extensiones enormes, 
para apartarlas para uno mismo, 
sin apreciarlas verdaderamente, ni cuidarlas.

Si las apreciamos en lo que valen, y hacemos algo por cuidarlas, 
somos los verdaderos dueños de las artes de todos los pueblos, 
y no los propietarios ocasionales, 
ni las naciones donde estas artes se originaron 
o terminaron siendo usadas o expuestas.

Como no somos dueños de un poema, 
sólo por comprar el libro.

En un cuento de Borges, 
un rey invita a un poeta a conocer su palacio.
Después de visitarlo, el poeta dice una palabra, 
o una frase, -nadie sabe- 
que comprende el palacio entero.
Y aunque se apropia de él sin quererlo, 
el rey lo manda matar, 
porque siente que se lo ha quitado.

Algunos descuidos tan grandes como por ejemplo el Transantiago, 
hoy importan a la gente más que la ciudad misma, 
que debe ser una red entrecruzada de cuidados comunes.

Cuando se corta esta corriente fecunda, 
no recibimos la vida en la ciudad como un estímulo 
sino como una frustración, 
y se pierde la dignidad común, 
de la que todos necesitan formar parte.

Quizá, ahora no hay solo que cuidar la ciudad misma, 
sus calles, sus plazas y sus casas, 
sino que hay que cuidar que estén hechas con cariño, 
para que sean fruto del afecto, 
y no solo del comercio inevitable.

Quizá la belleza de algunas cosas nuestras muy sencillas, 
proviene del cuidado con que están hechas, 
más que del ingenio de hacer mucho con poco 
para satisfacer tantas necesidades.












Porque el fervor es la fuerza motora esencial 
que no solo tienen los artistas o artesanos, 
para transformar la materia bruta que es la naturaleza, 
la lana, el palo, o el barro que reciben,  en belleza que dan, 
sino también los ingenieros, los obreros o los comerciantes, 
para que la ciudad no sea un conjunto de obras esporádicas, 
unas calles, unas casas, unos condominios cerrados, 
unas plazas o unos parques por ahí todo muy bien iluminado, 
por allá unas autopistas, calles, autos, motos, camiones, 
micros amarillas repintadas o buses articulados, 
un río sin orillas que corre sucio y desangelado…  
sino que la ciudad sea una totalidad de un sereno término medio, 
y sobretodo que tenga el afecto de la gente 
para que la vea como ven a Nueva York los neoyorquinos: 
mucho mejor de lo que es, 
una ciudad amable y fecunda para la vida.

Un abrazo,

German
Septiembre de 2015